La raíz indoeuropea *swol
que ha dado origen a nuestra palabra Sol, significó desde antiguo
"astro" y "divinidad" a un tiempo, sumergiendo al hombre en el misterio
del ser y del existir de las cosas. Luna, por su parte, también con
radical indoeuropeo *leuk, significó en origen "la luminosa", vinculada
a un tabú al que los Antiguos atribuían una acción peligrosa. La Luna
fue divinizada, en el devenir de la historia, por los Romanos, en una
diosa a la que consagraron un templo, incendiado -dicen- por Nerón, y a
la que dedicaron un día de la semana, "el día de la Luna", lunes en
nuestro idioma. Diana, así llamada, tuvo origen en una antigua divinidad
itálica de la naturaleza salvaje y de los bosques, asimilada a su vez a
la Artemisa griega, diosa de la castidad, de la caza y de la luz lunar.
Sea cual fuere su étimo, Luna con su presencia, sume también a la
humanidad en un misterio tenebroso.
Vino luego el juego de solsticios y el baile al corro de estaciones.
El Universo en continuo movimiento cronometró su ritmo en días, noches,
semanas, meses, años (convenía mantener en vilo al pensamiento y que no
hubiera mucho tiempo para pensar). El hombre, con todo, estableció sus
ritos festivos acá y allá, en un intento de acompasar su vivir a un
destino inexorable.
Hoy, lunes veintitrés de junio del dos mil tres, toca el "tempo" al
fuego. Es el pulso solsticial del verano en partitura. Es la Noche de
San Juan en todo su ritual. Y en ella, como por arte de magia, aparece
el agua en ola, rocío o fuente, o en salutífero manantial. Se convoca
-varita de prestidigitador-, a sabia Naturaleza en verbena virtuosa, en
planta medicinal, en preciado trébol "cuatrifolio", o en enramada "novial".
Y el rito se convierte en Fuego.
¿Acaso se espera el milagro?
Aquí abajo, en este mundo, el rito se hace sólo cantar, y el cantar
se hace sólo ronda, la Ronda "Sanjuanera", de la Noche de San Juan. |