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En estas fechas que inician ciclo anual del verano, emerge con
fuerza y reclama nuestra atención el arcano de la Naturaleza,
del Universo, más aún, de nuestra propia existencia. Y acudimos
a su llamada haciendo del conjuro rito significante en que
celebramos al Sol en el fuego de las hogueras, a la luna en los
aquelarres y reuniones nocturnas de seres fantásticos de poderes
desconocidos (<caballucos del diablo>, Culebre o dragón de
Santullán), a los astros en su confluencia solsticial que señala
inexorable la fecha precisa, a la naturaleza en la virtualidad
de sus fuerzas más secretas escondidas en las aguas de sus mares
(tomar las nueve olas, el baño), de sus ríos y sus arroyos, de
sus fuentes y sus manantiales (beber agua, regar, introducir
objetos), de sus escarchas y sus rocíos mañaneros (recoger la
rociada), o en sus plantas y sus diferentes hierbas de virtudes
curativas curativas (enramadas de álamo, de árbol de vereda o de
laurel para colocar en balcones y ventanas, el corazoncillo del
diablo o hipérico, la hiedra, el helecho macho, la verbena, la
velosilla u oreja de ratón, el abrótano o artemisa cuyo nombre
comparten divinidades de la mitología griega, la avena, el
tomillo, el romero, la flor de malva, la flor del saúco que nos
refiere Manuel Llano...).
Conjuro y rito, canción en la ronda, que hacen de la fiesta
una mágica e irrepetible <noche de lumbre y amores>, de búsqueda
y recogida del <trébole> el de las cuatro hojas, símbolo y
representación de la siempre ansiada y <¡ay!> tan oculta
felicidad" |